#colaboradorxs: Alfredo Morales

Alfredo es originario de San Ildefonso, Amealco, Querétaro. Se dedica al oficio de alfarería desde que tenía 11 años. Aprendió a manejar el barro con su papá, en el taller donde continúa trabajando. Recuerda que por las tardes al salir de la primaria, se dirigía al taller y le ayudaba a su papá. Toda su familia se dedica a la alfarería, desde sus abuelos hasta sus hermanos y algunos sobrinos.

Alfredo tiene dos hijos, una niña de 11 años y un niño de 3 años. Nos cuenta que al igual que él, sus hijos, comienzan a ayudarlo en pequeñas cosas en el taller. A su hija lo que más le gusta es ayudar a la decoración de las piezas,  nos cuenta Alfredo: “ella lo ve como un juego, y le gusta”. Trabajar en un taller familiar le permite a Alfredo enseñarle a sus hijos el oficio de la alfarería; así como su padre le enseñó a él cuando era niño.

Los abuelos de Alfredo sólo elaboraban ollas grandes de color rojo, pero con el paso del tiempo la familia ha incorporado nuevas figuras. Se han adaptado a las necesidades del mercado y de la producción actual y hoy en día también comercializan alcancías en forma de puerquitos, cántaros, jarros y vasos.

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Alcancía de puerco grande y chico elaborados por la familia Morales

El taller de la familia Morales se encuentra abierto todos los días del año desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde en las afueras de San Ildefonso, Amealco en el estado de Querétaro. Una de las dificultades que enfrentan, similar en otros oficios artesanales en México, es la poca remuneración que reciben por su trabajo. Gran parte de sus ventas son a distribuidores mayoristas que compran los productos de Alfredo a precios muy bajos para después venderlos más caros en otros lugares. El ingreso que reciben Alfredo y su familia, no equivale al trabajo que se necesita para hacer cada una de las piezas.

Los artículos de barro requieren días de elaboración; la preparación de la mezcla lleva varios pasos: el barro se hace polvo, se mezcla y antes de hornearse se debe dejar asentar por cuatro o cinco días. Después, las piezas se quedan dentro del horno por más de un día,  y posteriormente se decoran. Este largo proceso no suele reconocerse a la hora del pago, y dificulta la estabilidad del taller. En ocasiones, Alfredo no tiene el ingreso suficiente para comprar la leña para el horno y mantener su producción.

Cántaro de barro

La laboriosa producción alfarera implica un trabajo de tiempo completo en el taller. Salir a vender los productos requiere más disponibilidad de tiempo y recursos. Alfredo recuerda una ocasión en la que acompañó a su hermano a vender productos a Saltillo, pero no vendieron ninguna pieza. Para artesanos como Alfredo y su familia, es difícil vender fuera de su taller debido a esta vulnerabilidad entre la inversión en el viaje, la falta de producción -por salir del taller- y el bajo (o nulo) ingreso por las ventas. Debido a estas limitantes, y otras dificultades que se encuentran en el camino, los talleres familiares recurren a los intermediarios que revenden sus productos; a pesar de recibir pagos muy bajos por su labor.

Alfredo nos cuenta que lo que le motiva son las ganas de seguir adelante; de continuar con un oficio que disfruta y que forma parte del conocimiento familiar. En su colaboración con Recrear, espera ampliar su distribución sin tener que sacrificar la producción en el taller, o sin tener que invertir mucho dinero y tiempo para viajar. En Recrear trabajamos para que productores como Alfredo puedan tener una remuneración justa de acuerdo a sus espacios, tiempos y recursos de producción.  

Lámpara de barro

#técnicas: Bordado de petatillo

Por Joaquín:

Se le denomina bordado de petatillo  por la similitud que tiene con el tejido de la palma que se emplea en la elaboración de petates. Esta puntada se considera muy resistente y fina.  Este tipo de bordado fue inspirado por la mantilla española que las mujeres andaluzas usan para los eventos religiosos.

Se dice que la primer versión del bordado de petatillo se dio en los años sesenta en Chiapas de Corzo, cuando la señora Elba Pedrero, compró mantillas para sus familiares durante un viaje en España. Una de las mantillas fue para su tía Lucrecia Vargas, que siempre realizó labores de bordado y tejido. Lucrecia imitó este tipo de tejido,  pero introduciendo la aguja cuadro por cuadro en el tul, así hasta rellenarlo completamente en una versión rectangular. Satisfecha con este nuevo bordado, enseñó a sus familiares y a la señora Auria Gómez a quien le pide que también lo aplicara en sus creaciones. Fue tanto el éxito que lo extendieron a los trajes típicos chiapanecos y también lo emplearon en los tapetes, carpetas, caminos de mesa, cortinas, etc.  (Vargas, 2008).

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Bordado en petatillo cc. Wikipedia

Esta técnica se emplea en vestidos típicos chiapanecos. Casi siempre se trabaja en una blusa de satín con escote semicircular, y un tul bordado en petatillo, pero se pueden hacer creaciones en distintos tipos de tela.

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Traje típico de Chiapa de Corzo. Foto de Sara Ríos

Guía para bordar petatillo:

Primero se dibuja la figura que queremos realizar, con esto, delimitamos el espacio de trabajo.

Empezamos a bordar con líneas horizontales de un extremo a otro del dibujo que realizamos previamente.

Ya terminado, cambiamos el sentido de la aguja, de forma que quede perpendicular a las líneas ya bordadas. Metemos la aguja entre las hebras; una arriba y otra abajo.

Con este modus operandi seguimos el bordado, respetando los límites de nuestra pieza.

Ya terminado el trabajo, se obtiene una pieza con bordado de petatillo.

Puedes usar esta técnica en diversos materiales, como nuestras colaboraciones con Lore de tenis petatillo.

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Tenis petatillo de Lore

Referencias:

Vargas, M. N. (2008). NarimaNilu. Recuperado el 10 de 10 de 2016, de NarimaNilu: www.conecultachiapas.gob.mx/publications/download/20151007narimanilu.pdf

Crear con hilos (guía para bordar con petatillo): http://crear-con-hilos.blogspot.mx/2009/08/la-puntada-petatillo.html

#colaboradorxs: Ángel Bautista

Por:  Alonso

Don Ángel Bautista aprendió a trabajar en el telar de pedal a los 8 o 10 años, su padre le enseñó el oficio, se trata de la tercera generación de artesanos en su familia. De su papá también heredó un telar de madera de ocote que fue elaborado por un artesano del pueblo, en él confecciona con sarapes, cobijas y gabanes de lana natural y teñida.

Ángel no podría llevar a cabo su labor en el telar sin el trabajo de Felicia Galicia, su compañera de vida y en el oficio textil desde hace 60 años. “Ni él solito, ni yo solita” nos cuenta Felicia cómo funciona la división del trabajo en el taller. Ambos están involucrados en todas las etapas del proceso, desde el teñido de lana en tinas enormes con agua muy caliente, la elaboración de conos y madejas, y el diseño de patrones. Hacer un sarape puede llevar hasta 20 días. A pesar de que ha tenido épocas mejores, Don Ángel no se imagina haciendo otra cosa. “Es muy bonito, pero es mucho trabajo”. Y es que a veces se enfrenta a problemas al momento de fijar precios y tratar con intermediarios, pero la pasión por el oficio que ha practicado toda su vida es más grande que cualquier dificultad.

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Y es que para las nuevas generaciones dedicarse al oficio resulta poco atractivo, ya que la remuneración no corresponde a todo el trabajo que hay detrás de una prenda. La continuidad en la cadena de transmisión no es posible parcialmente debido a que muchxs artesanxs de la región mueren sin poder enseñarle a alguien más sus conocimientos.

#problemáticas: Producción Textil en Mesoamérica

En Mesoamérica la producción artesanal ha sido siempre muy importante. Ésta ocurría usualmente en contextos domésticos, donde los individuos realizaban varias actividades económicas para autoconsumo, intercambio y pago de tributo (Hirth 2009).  Uno de los bienes producidos más importantes fueron los textiles, y todos los miembros del grupo doméstico participaron en su producción, consumo e intercambio.

Fray Bernardino de Sahagún nos dice en la Historia general de las cosas de la Nueva España que los textiles eran realizados por los macehualtin o comuneros, y hay evidencia de que hilar y tejer se asociaban al género femenino y a la unidad doméstica.

Para su elaboración se emplearon distintos tipos de materias primas como ixtle, pelo de conejo, plumas y algodón; este último en particular era muy valioso y las prendas confeccionadas con él solían reservarse para la élite.

Los textiles brindaban protección contra los elementos ambientales, pero también fueron culturalmente importantes en la comunicación de información social. Además, fueron usados como medida de intercambio en la dinámica económica mesoamericana en forma de mantas de algodón, llamadas quachtli (Berdan 1987; McCafferty y McCafferty 2000).

Frances Berdan (1987) en su publicación Cotton in Aztec Mexico: Production, Distribution and Uses explica que los textiles circulaban en tres canales de distribución: el intercambio local, el intercambio foráneo y el tributo. Dentro de este último los textiles fueron sumamente importantes. Muchos bienes eran pedidos en tributo, pero los textiles fueron por mucho el bien más solicitado.

Todas estas dinámicas claramente requerían de una alta habilidad de los productores. A pesar de que los textiles raramente se conservan en el registro arqueológico en Mesoamérica, podemos imaginarnos gracias a las fuentes históricas las finas piezas que los artesanos elaboraban. Resulta de gran admiración que incluso algunas técnicas y diseños prehispánicos se sigan usando en la producción textil actual. Esto nos indica el gran valor cultural que los textiles tenían en los grupos mesoamericanos prehispánicos, valor que algunos grupos hasta el día de hoy luchan por preservar.

Berdan, Frances F.

1987 Cotton in Aztec Mexico: Production, Distribution and Uses. Mexican Studies/Estudios Mexicanos 3(2):235-262.

Hirth, Kenneth

2009 Craft Production, Household Diversification, and Domestic Economy in Prehispanic Mesoamerica. En Housework: Craft Production and Domestic Economy in Ancient Mesoamerica, editado por Kenneth G. Hirth, pp. 13-32. Archaeological Papers Vol.  19. American Anthropological Association, Arlington.

McCafferty, Sharisse D. y Geoffrey G. McCafferty

2000 Textile Production in Postclassic Cholula, Mexico. Ancient Mesoamerica 11:39-54.

Sahagún, Fray Bernardino de

1992 Historia general de las cosas de la Nueva España. 8va ed. Porrúa, México, D.F.

Para leer más…

Berdan, Frances F., y Patricia Rieff Anawalt

1997 The Essential Codex Mendoza. University of California Press, Berkeley.

Brumfiel, Elizabeth M.

1991 Weaving and Cooking: Woman’s Production in Aztec Mexico. En Engendering Archaeology: Women and Prehistory, editado por Joan M. Gero y Margaret W. Conkey, pp. 224-251. Basil Blackwell, Oxford.

Hendon, Julia

2006 Textile Production as Craft in Mesoamerica: Time, Labor, and Knowledge. Journal of Social Archaeology 6(3):354-378.

Hirth, Kenneth

2011 Introducción. La naturaleza e importancia de la producción artesanal. En Producción Artesanal y Especializada en Mesoamérica: Áreas de Actividad y Procesos Productivos, ed. por Linda manzanilla y Kenneth Hirth, pp. 13-28. IIA/INAH.

Familia Cuatecontzi Netzahual

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Cuando hablamos de producción industrial, nos solemos imaginar grandes maquinarias funcionando solas; sin humanos, y con una tecnología autosuficiente. Si bien hay máquinas muy avanzadas, se necesitan humanos que las usen, las controlen, las reparen.
Muchos procesos mecanizados en la producción no son  para “sustituir al humano” sino para facilitar algunas técnicas y mediar un proceso de creación distinto.  Lo que es más importante, la producción mecánica no tiene porque conllevar condiciones laborales ínfimas ni un mal pago; quienes están trabajando con la máquina siguen siendo personas, con toda la sensibilidad, creatividad y dignidad que significa.
Durante nuestra visita en Contla conocimos el taller de la familia Cuatecontzi, y pudimos apreciar, de primera mano, la creatividad, el esfuerzo manual, y el conocimiento ingenieril que conlleva un telar mecánico.

Los telares mecánicos impulsaron una serie de cambios sociales alrededor del mundo, y México no quedó atrás. Desde 1800’s se comenzaron a importar máquinas para la producción industrial de hilo y telas. En el Porfiriato se impulsó la industria textilera en el valle Puebla-Tlaxcala. Con el paso del tiempo las fábricas de textiles (hilatura y tejidos) se volvieron el sector industrial  más importante de la región. Dentro de este sector se encuentran distintas formas de producción, maquilas grandes, talleres más pequeños y hasta productores individuales, cuyo trabajo con la máquina es más bien artesanal y no producción masiva.

Juan Cuatecontzi, es originario de Contla (Tlax.), y creció alrededor de la industria textil. Su mamá tenía una máquina de  telar. Y aunque Juan se dedicó a los textiles, no se quedó en su ciudad, estuvo moviéndose a lo largo de la república, trabajando de “corretero”, arreglando las máquinas.  Un día decidió comprar su propia máquina, y hace 20 años dio inicio a su taller familiar. Durante un tiempo mantuvo su trabajo como corretero. Llegaba de la fábrica para seguir trabajando en su casa. Sus hijos se empezaron a involucrar poco a poco. Actualmente Juan lleva el taller con su hijo Abraham. Tejen rebozos, los cuales venden sobretodo en Santa Ana Chiautempan (Tlax.). El taller de la familia Cuatecontzi se encuentra muy cerca de su casa, y les permite mantener una producción por medio del empleo autogestivo. 

Sus telares son en si mismo una pieza histórica, con más de setenta años de antigüedad. En su mayoría de un fabricante que ya ni siquiera existe. Para lograr las texturas y las tramas de los rebozos, se necesita un gran conocimiento de la máquina. Es casi como un proceso de deconstrucción, de desmenuzar los entramados y traducirlos en un sistema tipo binario; con que una piececita salga de su lugar, y el tiraje se arruina.

Los rebozos Cuetencontzi son realizados con acrylan: son producidos con cuidado y entrega. A diferencia de la mecanización de la humanidad misma que sucede en las maquiladoras, en el taller familiar hay lugar para la creatividad, tratos justos y dinámicas autogestivas.

Marcelina Hernández Bautista

Hace dos años el licenciado Epifanio López Gutiérrez introdujo a la comunidad telares de pedal, para trabajar hilos de algodón. Marcelina Hernández Bautista fue de las primeras en sumarse al proyecto del licenciado.

Primero entró para aprender y porque el licenciado les pagaba, “para el refresco” por una jornada de trabajo en el taller. El primer telar era del licenciado, pero después el grupo se organizó y por medio del Centro de Desarrollo Indígena consiguió el apoyo para tener sus propios telares.
 Ahora en el taller, Marcelina y sus compañeras tienen la oportunidad de hacer su propia producción y experimentar con la técnica. El grupo se dedica sobre todo a hacer bolsas que conjuntan el tejido de palma con el telar de algodón. También elaboran rebozos, manteles y demás textiles.
La producción artesanal, a diferencia de la producción industrializada y masificada, permite un espacio de creatividad. Marcelina disfruta mucho trabajar en telar de algodón,  dice que le gusta experimentar y mezclar los colores y los diferentes hilos. Marcelina le ha transmitido este gusto por el tejido en telar a su hija.

SEDA

SAN PEDRO COJONOS, OAXACA.

Hasta hace unos meses, en Recrear no estábamos al tanto del papel de la seda en el trabajo artesanal en México. El uso de la seda, como tela, para pintar o hacer ropa nos resonaba, pero una larga tradición de sericicultura en lugares tan distantes como la huasteca potosina, y Oaxaca, nos era desconocida. Gracias a un rencuentro con amistades familiares del pasado, tuvimos la oportunidad de conocer, de primera mano, la producción artesanal de seda; desde su crianza hasta el tejido de hermosos rebozos. En esta entrada les compartimos un poco de lo que aprendimos.

La producción de seda en México se remonta a la época colonial. Si bien hay estudios que argumentan el uso de seda nativa desde épocas prehispánicas, existe muy poca información; sólo se tienen algunos registros etnohistóricos sobre mariposas que “hacen bolsas”.  Por otro lado, la inserción de la seda por parte de los colonizadores está bien documentado. Los principales importadores de los gusanos y la sericicultura, fueron los misioneros dominicanos.

Los monjes sembraron morera, la planta de mora que alimenta a los gusanos, a lo largo del país; de San Luis Potosí, pasando por Michoacán y hasta la sierra oaxaqueña. Hoy en día la producción de seda se mantiene en pocas comunidades en Oaxaca, Veracruz y San Luis Potosí. Asimismo, dentro de estas comunidades son muy pocos quienes se dedican a la producción textil. La gran mayoría se dedican a cosechar e hilar la seda para exportación o venta. Nosotros visitamos San Pedro Cajonos en la Sierra Norte de Oaxaca, de los únicos lugares donde se lleva acabo el proceso entero, desde la crianza de los gusanos hasta el tejido de los rebozos.

El oficio de la seda se ha transformado con el paso del tiempo. Al igual que otras producciones artesanales, diferentes procesos sociales y económicos han  cambiado el papel de la seda en la comunidad y en el mercado global. Hace tres o más generaciones, la seda era una actividad importante, mas no era una fuente de ingreso. La producción de la seda es un proceso muy delicado, uno debe dedicarse por completo y ser terriblemente cuidadoso con los gusanos y su bienestar. En este sentido, las familias que debían estar en el monte o en otros oficios, no tenían siquiera la oportunidad de dedicarle tiempo a la seda; y por lo tanto, era un práctica para las familias de mayor posición social. Además, sólo las mujeres se dedicaban a la sericicultura; hoy en día, los hombres ayudan a la crianza de los gusanos, y algunos inclusive al hilado de la seda.