#19S: Bolivar 168

Por: Rosa

El fin de semana pasado se cumplió un año del terremoto del 7 de septiembre. En tierras chiapanecas entre la lluvia se alcanzaba a percibir un temor de otro temblar, como si el terremoto fuera a conmemorar un aniversario con otra sacudida más. Ese dejo de miedo traía el dolor de las vidas y hogares perdidos.

Hoy se cumple un año del sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México, exactamente 32 años después del de 1985. En la calle Simón Bolívar número 168 casi  esquina con Chimalpopoca, en la colonia Obrera se desplomó un edificio entero. Tenía cuatro plantas y en su interior operaban tres empresas que elaboraban telas y ropa de mujer. La mayoría de las víctimas eran costureras mexicanas y de origen asiático, muchas de ellas sin papeles, que trabajaban jornadas larguísimas en condiciones muy precarias. No se quiso revelar la información de quienes trabajaban en las empresas, lo que hubiera ayudado a las labores de rescate. Estas mujeres pasaban sus días fabricando ropa a un bajo coste para marcas que venden esta ropa generando enormes ganancias; fórmula ya conocida en el mundo de la moda y las cadenas globales de explotación que se sostienen sobre cuerpos generalmente de mujeres empobrecidas y racializadas. A las 13:14 horas comenzó a temblar, ellas estaban a la mitad de su jornada de trabajo, no pudieron abandonar el edificio porque quedaron atoradas en las escaleras, dejando 21 muertes comprobadas.

Una brigada feminista hizo presencia en la fábrica destruidaa, fueron a acuerpar el dolor de lxs muertxs por tanta injusticia; no fueron bien recibidas. Las labores de búsqueda y rescate no eran suficientes por la demanda existente, pero también por la negativa de los dueños de las fábricas para proporcionar datos sobre las personas que trabajaban ahí, así como por su preocupación por las máquinas y no por las personas que las trabajaban. El 22 de septiembre, cuatro días después del terremoto, se logró parar la entrada de maquinaria pesada (usada para levantar escombros) que hubiera eliminado la posibilidad de encontrar personas con vida.

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La colonia Obrera ha sido históricamente relegada, fue fraccionada de manera ilegal por los dueños que habían comprado el terreno a precios irrisorios y posteriormente vendido en lotes a familias empobrecidas, no hubo servicios básicos sino hasta los mediados del siglo XX. Entre 1920 y 1930 se le comenzó a llamar con su nombre actual, no hay consenso sobre el por qué pero coincide con el momento en que la colonia empieza a llenarse de talleres y fábricas , e igualmente se intersecta con el auge del movimiento obrero urbano. De acuerdo con algunxs  vecinxs aquí fue donde se creó el Partido Liberal Mexicano encabezado por los hermanos Flores Magón.

La Obrera es también una historia de resistencia, donde las familias han salido adelante y construido viviendas dignas en medio de condiciones de insalubridad y falta de servicios. Los talleres y maquilas son testimonios de una historia en construcción; personas enriqueciéndose a costa de la gran necesidad de trabajo de las mujeres; sin embargo, vemos también organización y lucha por parte de lxs trabajadorxs.

El terremoto del 85 hizo patente  la situación que se vivía en esta colonia: “La Obrera” sufrió grandes pérdidas en edificios y viviendas, estuvo envuelta por la destrucción y el caos.  Antes del 19 de septiembre de 1985 nadie imaginaba la cantidad de costureras que trabajaban ahí, ni en qué condiciones lo hacían -explotadas, sujetas a horarios extenuantes, bajo prohibiciones para conversar, regulaciones extremas para satisfacer sus necesidades fisiológicas y demás tratos indignos-. Estas mujeres habían sido completamente invisibilizadas hasta que la caída de los edificios donde trabajaban les quitó la vida esa madrugada.

De los escombros y la ceniza surgieron grupos organizados de mujeres costureras que levantaron y continúan levantando la voz por la dignidad y la vida.

Al menos 200 maquiladoras se desplomaron con trabajadoras dentro de los edificios. Más de 1,000 costureras que trabajaban en las maquiladoras de la colonia Obrera murieron en el sismo del 85, fueron muertes que se pudieron haber evitado. Las estructuras de los edificios eran deficientes, además la costumbre de los jefes de cerraba por control los accesos bajo llave, impidió que pudieran salir libremente durante el terremoto. Muchos de los edificios donde operaban estas maquiladoras eran clandestinas y mantenían situaciones terribles de explotación. Cientos de mujeres quedaron atrapadas y murieron varias por falta de agua y oxígeno. 40,000 costureras se quedaron sin trabajo ni derecho a indemnización.

Pasaron 32 años, y el 19 de septiembre del 2017, la historia se repite. En la misma colonia un edificio se desplomó matando a por lo menos 21 costureras. El edificio ya había sido valorado como peligroso y se le había cargado el peso adicional de las antenas telefónicas de aproximadamente 42 toneladas. Colocar las antenas en el edificio representaba un ingreso bastante significativo para el propietario del inmueble, a costa de  un riesgo altísimo para las personas que todos los días entraban a trabajar en la Calle Simón Bolívar #168.

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Estas muertes nos hacen pensar en otras sucedidas dentro de la industria de la moda, que no han sido producto de terremotos pero sí de la negligencia, de la explotación y de un mundo donde unos pocos se lucran a costa de muchxs. El mundo de la moda está manchado de sangre y es tiempo de asumirlo, de dejar de voltear la vista, sentir estas muertes como nuestras porque ni una menos significa ni una menos. Hacemos una memoria breve de compañeras de otros territorios, las recordamos y las nombramos  (aunque han muerto, como muchas, sin nombre y sin rostro) hacemos eco de sus luchas: ni perdón, ni olvido.

24 de abril 2013 Bangladesh; 1127 muertes por un edificio desplomado. Se ignoraron las advertencias realizadas el día anterior sobre las grietas y la inestabilidad estructural del edificio, con este conocimiento se obligó a las trabajadoras a entrar nuevamente en la fábrica para seguir produciendo.  El edificio era conocido como Rana Plaza y albergaba cuatro fábricas de ropa en las que laboraban alrededor de 5000 empleadxs fabricando ropa para marcas como Grupo Benetton, The Children’s Place, Dress Barn, Mango, Monsoon, Inditex y Primark, así como para tiendas de distribución como el Corte Inglés.

24 de noviembre de 2012 se incendió Tarzeen Fashion en Bangladesh. Por lo menos 117 personas murieron y 200 resultaron heridxs. Tenía 1,630 trabajadorxs, producía playeras, polos y chamarras para varias empresas como la marina de Estados Unidos, la holandesa C&A, la estadounidense Walmart y Li & Fung con sede en Hong Kong. La fábrica era parte del grupo Tuba, que exporta prendas de Bangladesh a Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia y Holanda. Sus mayores clientes incluyen a Walmart, Carrefour e Ikea.

Septiembre de  2012: un incendio acabó con cerca de 300 vidas en la ciudad de Karachi, Pakistán. Ali Enterprises exportaba ropa a Europa y Estados Unidos, su principal consumidor era Kik, empresa alemana. No había salidas de emergencia, ni alarmas de incendios, sólo inhumanidad: la puerta principal cerrada, ventanas con barrotes y propietarios que ordenaron se salvara la maquinaria antes que a las trabajadoras. La fábrica tenía aproximadamente 1500 y 2000 empleadxs que recibían un salario de 52 a 104 dólares mensuales y hacían tiempos extras sin pago adicional.

Es claro que las responsabilidades son de las marcas internacionales y locales junto con los empleadores y del gobierno que apoya a eludir las responsabilidades. Es claro que quienes mueren, mueren en cualquier lugar de cualquier cosa en los países mal llamados “subdesarrollados”; que quienes se beneficiaban de ese trabajo y del empobrecimiento de esas personas son los países que han despojado históricamente territorios, saberes y cuerpos; que hoy continúan despojando y explotando. Esos países “desarrollados” y “primer mundistas” que han mantenido a ¾ partes de la población en una situación de pobreza son quienes se aprovechan de esta situación de necesidad para precarizar los trabajos y aumentar sus ganancias. Está claro que estos países se lavan las manos diciendo que allá en esos países (donde fabrican sus prendas) son explotadores, que tienen muy malas condiciones laborales. Está  claro que nuestras acciones tienen consecuencias y que hasta los desastres naturales no afectan a todxs por igual, que la arquitectura ya dice mucho, que las vulnerabilidades no se distribuyen de la misma manera en todos los cuerpos, geografías y calendarios.

Este 19 de septiembre recordamos a las compañeras, muchas de las que aún no sabemos su nombre, pero con cuerpo, corazón y dignidad. Recordamos a las costureras que han muerto en la ciudad de México en dos grandes terremotos debido a la injusticia social y no al terremoto. Recordamos a muchas otras mujeres que en otros territorios también han muerto por la avaricia y la inhumanidad de este sistema. Mujeres que importan, vidas que luchan día a día. Estamos con ellas y decimos ya basta.

Porque ni una menos es ni una menos.