#resonancias: Tótem

El recorrido académico de un estudiante lo lleva vivir experiencias que pueden cambiar el rumbo de su vida, momentos decisivos que no estaban planeados, pero que hacen la diferencia. En uno de estos momentos, surge Totem, proyecto dedicado a la renovación de materiales textiles. Tótem germinó en una materia relacionada con la sustentabilidad en la que Nayeli y Lorena, las fundadoras, estuvieron juntas en la universidad.

Desde que tomaron esta materia sus hábitos de consumo de ambas cambiaron. En este proceso Lore empezó a modificar algunas de sus prendas y Naye se dió cuenta que era una buena idea y decidió comprarse una máquina para probar algunos cambios con su propia ropa. Empezaron a reutilizar ropa transformandolas en prendas útiles; esto llamó la atención de varios de sus conocidos. Fue gracias a esto que se dieron cuenta que podrían realizar este mismo esquema para más personas.

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Tótem se basa en  el reciclaje de materiales dando una nueva vida y un uso distinto al que estos tenían; realizan una renovación del ciclo de vida de un textil, su esquema promueve ocupar la ropa u algún otro textil que está en desuso. Los textiles que renuevan entran a un proceso de limpieza y selección detallado para luego transformarlos en nuevos productos. Con este ciclo evitan que más textiles se vayan acumulando en los grandes y problemáticos vertederos. 

Para Lore y para Naye es muy importante sensibilizar a las personas para que tengan conciencia sobre el ciclo dañino de la moda rápida; esta inquietud  las impulsa a buscar formas en que la gente entienda que las cosas realizadas con material de reuso no son feas ni de mala calidad. Hacer comprensible lo que ellas visualizaron fue el primer reto con el que se enfrentaron, ya que las personas en ocasiones les decían que no se imaginaban a sí mismas reutilizando un textil “viejo” o “desgastado”. 

Explicar todo lo que implica este nuevo ciclo; mostrar que requiere de tiempo, dedicación y diseño es algo que les permite mostrar que esta combinación de factores hace que sean prendas y productos bonitos y de calidad. En este proceso caemos en cuenta que no todos los textiles (por el uso que se les dio) son apropiados para ropa. Es por esto que Naye y Lore realizan una categorización  de las prendas, a las que presentan menos desgaste se destinan para ropa y, así, dependiendo del desgaste que noten, se utilizan para ropa, relleno de cojines o para ropa de mascotas.

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Además de enfrentarse a esta concepción que se tiene sobre los materiales reciclados quieren lograr que el sistema del cambio constante de colecciones por año, técnica de consumo implementada por la moda rápida, cambie, quieren combatir el consumo de prendas producidas en un esquema de explotación. En su  primer colección realizaron faldas a partir de fundas de sillón y sábanas.

Con su propuesta visual Totem busca cuestionar estereotipos de género y de belleza que limitan el uso determinado de ciertas prendas; visibilizando y promoviendo que la ropa sea unisex y con una gama diferente de tallas, mostrando las prendas con personas cercanas y no con modelos que vuelvan a reproducir los patrones de belleza impuestos por el mundo occidental de la moda.

Lore y Naye se sienten muy agradecidas, ya que en el camino más personas cercanas se han ido sumando al equipo. Con estos objetivos y motivaciones esperan compartir todo su proceso de aprendizaje a través de un blog que además genere contenido sobre la conciencia ambiental y sustentable en general, no sólo centrado en el mundo de los textiles.

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¡Ven a conocer a Tótem este viernes primero de junio a las 8:00 p.m.!

 

#problemáticas: algodón vs poliéster

Si en este momento te ofrecieran dos prendas, una de algodón y una de poliéster y tuvieras que elegir la de menor impacto ambiental, ¿cuál sería tu elección?

Quizá la respuesta inmediata y más obvia parezca ser el algodón, pero podría no ser la correcta, pues ambas tienen sus pros y contras y sería un error dejarnos llevar por la mala fama del poliéster y la sobrevaloración del algodón. 

Este par de textiles son los más utilizados en el mundo y los más representativos de las fibras naturales y las sintéticas, comúnmente tildadas de buenas y malas respectivamente; pero la realidad es que tales extremos no existen y hoy exploraremos por qué.

Empecemos desde el origen…

El poliéster viene del petróleo y es por esto que lo hemos condenado sin pensarlo dos veces, sabemos que para obtenerlo se debe recurrir a procesos de extracción bastante dañinos para el planeta, mientras que para el algodón solo se debe cultivar una plantita, ¿qué podría ser más inocente que esto?

La mala noticia es que la creciente demanda de algodón promueve su producción a través del monocultivo, el modelo agrícola más rentable económicamente y que sin embargo, se conoce por ser una amenaza para la biodiversidad, puesto que incluye prácticas como el uso excesivo de pesticidas y herbicidas, los cuales frecuentemente también provienen del petróleo y son culpables de descensos significativos en poblaciones de especies tan importantes como las abejas.

Pesticides spraying in Pirawalla on the Punjab Plains

Foto: WWF / Mauri RAUTKAR

Estos efectos pueden evitarse si se reemplaza el algodón convencional por el orgánico, aunque los beneficios de esta alternativa no se extiendan hasta su huella hídrica: un estudio de Bio Intelligence Service concluyó que se requieren aproximadamente 7.000 litros por kilo de esta fibra incluso en su versión ecológica u orgánica, de hecho, el algodón es el cultivo con mayor huella hídrica.

Por otro lado, el poliéster es la fibra que consume menos agua y se estima que al combinar el algodón con este, es posible alcanzar una reducción de casi el 50% en la huella hídrica del producto textil (práctica que sin embargo no se recomienda debido a que complica el reciclaje de las fibras). En oposición, su fabricación requiere mucha más energía que la del algodón o cualquier otra fibra natural.

Más allá del proceso de producción, el impacto que tiene el material de una prenda varía a lo largo de su vida útil y depende en gran parte del uso y trato brindado por su propietario; por ejemplo, el poliéster es conocido por no arrugarse, lo que implica un menor gasto energético y por lo tanto, menos emisiones durante su uso gracias a que no requiere un planchado frecuente, e incluso tiende a ensuciarse menos que las fibras naturales, alargando el periodo entre lavados y ayudándonos a ahorrar agua y electricidad, contrario al algodón, cuyo consumo de energía ocurre principalmente en esta fase. Sin embargo, el poliéster también es culpable de cuantiosas fugas de microplásticos desde nuestras lavadoras hasta el mar y todos los peligros que esto implica para los ecosistemas marinos y las personas.

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Foto: LaVanguardia-Web

Otro aspecto que debemos resaltar es que el poliéster es mucho más resistente que cualquier fibra natural, lo que podría ser una ventaja o una desventaja, dependiendo del usuario; pues esta cualidad le permite utilizar la prenda por muchos años más y así evitar consumir otras. Por desgracia, en la mayoría de casos se desecha aún cuando podría seguir utilizándose, lo que resulta alarmante, puesto que si no se maneja adecuadamente como residuo, su prevalencia y efectos en el ambiente serán eternos. Por esto, es necesario que pensemos en lo que sucede una vez concluida la vida de nuestras prendas.

Debido a su procedencia del petróleo y su naturaleza plástica, el poliéster no se biodegrada, así que su composición tóxica termina por contaminar y acumularse en el ambiente; pero la historia del algodón no es muy distinta cuando no es orgánico y además está teñido y tratado con químicos peligrosos. Asimismo, ambas fibras producen gases de efecto invernadero al descartarse en basureros, pues sin importar si el algodón es orgánico, su proceso de descomposición para reintegrarse en la tierra se ve impedido por la ausencia de condiciones apropiadas. 

Por otro lado, tanto el poliéster como el algodón pueden reciclarse cuando no están combinados con otras fibras y aunque este sea un punto positivo, debemos recordar que también el reciclaje implica cierto gasto de energía y pierde sentido como práctica sustentable cuando abusamos de él, más valdría entonces no desechar algo en estado aún utilizable, sino aprovecharlo o bien, compostearlo (en el caso del algodón orgánico).

Como ves, las fibras naturales no siempre son sinónimo de sostenibilidad, al igual que las artificiales no lo son de lo contrario por sí solas. Todas las opciones tienen efectos negativos y positivos derivados de factores directos e indirectos de los cuales a veces somos partícipes y por lo tanto, la solución no siempre es depurar nuestro armario de fibras “malignas”.

Quizá, podríamos adoptar un enfoque crítico más integral donde además del material, seamos conscientes de otros procesos que hay detrás de una prenda y cómo nosotros (como consumidores) influimos en su impacto: ¿cómo se hizo?, ¿quién la hizo?, ¿desde dónde viene?, ¿qué cuidados necesita y qué implican estos cuidados?, ¿qué tiempo de vida voy a darle?, ¿cómo voy a desecharla?, ¿es reciclable?, ¿está hecha con un material recuperado?, entre otras cuestiones. Si además de esto implementamos mejores prácticas para la optimización de los recursos dentro de su cuidado, podríamos reducir mejor su impacto.

Ahora ¿Ya sabes qué prenda elegirías?

Esta entrada fue escrita por Daniela Morales de québonitoplaneta visita su blog aquí.

  #resonancias: la rifa chocolatería

La Rifa Chocolatería

#ElChocolateRifa

fb  La Rifa Chocolatería

twitter @LaRifa_Oficial

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La siguiente reseña es producto de la visita que recrear hizo a La Rifa Chocolatería y de la entrevista con Daniel Reza. Le agradecemos a él y a La Rifa por brindarnos su tiempo para conocerles y su apertura al compartir.

Imagen1. Logo La Rifa. Proporcionada por La Rifa

En #recrear nos interesamos por los proyectos plantean alternativas ante las maneras impuestas de negocio y producción basadas en la explotación. Este interés nos llevó a visitar La Rifa, espacio en el que mientras tomamos un chocolate semiamargo con un toque de cardamomo preparado en agua. Ahí escuchamos la experiencia de Daniel Reza, un joven que, junto con su familia y cercanos; a partir de observar críticamente las incongruencias de la chocolatería mexicana, dio en marcha un proyecto que busca existir a través de formas de trabajo no enajenado.

El inicio y el problema
Daniel estudió gastronomía y durante sus prácticas descubrió su pasión por la chocolatería.  Al salir de la carrera se topó con la dificultad de conseguir trabajo como chocolatero, por lo que decidió iniciar un proyecto propio en el que pudiera trabajar bajo sus propios términos. Fue así, sin pensarlo de más, que en el comedor de la casa de los padres de Daniel nació La Rifa. El nombre de la chocolatería proviene de la expresión “rifársela” que usamos en México para referirnos a la acción de atrevemos a hacer algo riesgoso o a hacer algo muy bien.

Con el tiempo, “La Rifa” tuvo que dar un cambio radical y pasó de vender productos occidentalizados con base de cacao (como bombones, trufas y esculturas de chocolate) a vender alimentos que intentan reconectar con su raíz y ser responsables con su contexto. Una de las principales razones de este salto provino al poner atención al siguiente problema; comprar chocolate de las grandes marcas (invitamos a ver 9 multinacionales del Chocolate que explotan niños en África) no apoya ni a las personas que cultivan cacao, ni a la tierra misma, ya sea en México o en cualquier parte del mundo. Daniel de hecho realizó un estudio en el que encontró que aproximadamente el 98% del chocolate que compraba en tiendas estaba inevitablemente relacionado con la esclavitud moderna y explotación infantil, así como con monocultivos que destruyen las plantaciones. La respuesta más accesible que encontró La Rifa para disminuir su impacto negativo social y ambiental, fue la de relacionarse directamente con lxs productorxs de cacao.

La relación con lxs productorxs y los productos
El contacto directo con lxs productorxs de cacao inició visitando plantaciones, haciendas y cooperativas de cacao en Tabasco, y platicando directamente con lxs productorxs que las trabajan. Actualmente La Rifa colabora aparte de con productores del estado de Tabasco con productorxs de Chiapas y Puebla; consumiendo de estos no sólo cacao sino que también canela, vainilla, maíz y queso.

Un aspecto importante de los productos de La Rifa es que éstos se obtienen pensando en su mejor aprovechamiento, rentabilidad, y pago justo, es decir, la carta está conformada por productos que conviene adquirir tanto en coste de vida como en coste monetario.  Por ejemplo, Daniel nos explicó que en algún momento pensaron en agregar productos de plátano a la carta, puesto que el plátano convive con el cacao en las plantaciones, sin embargo, analizándolo bien se dieron cuenta de que el coste sería muy elevado, y como las familias productorxs lo consumen habitualmente, era mejor que se mantuviera de esta manera.

       La nueva forma de tratar con lxs productorxs se ha convertido en una relación de amistad y reciprocidad en la que todas las partes aprenden del acto de comunicarse. Por ejemplo, La Rifa ha aprendido de lxs productorxs varios métodos tradicionales de hacer chocolate pues siempre están dispuestxs a brindar de su sabiduría. Por el otro lado, lxs productorxs han recibido de La Rifa comentarios que les ayudan a hacer entregas más presentables, como a realizar una mejor limpieza del cacao, o incluso algunos se han enterado por los elogios que les hacen, que su mercancía es de gran calidad.

El acercamiento con lxs productorxs también se vio reflejado en un cambio de relación con los ingredientes existentes en la carta de La Rifa, pues tuvieron que aprender la manera en que tradicionalmente se preparaba el chocolate tanto líquido como sólido, elaborándolo desde la semilla del cacao. Daniel nos comenta que algunos profesores y gastrónomos que se enteraran que en La Rifa se hace chocolate desde la semilla, califican este proceso como un retroceso. Esto es algo de esperarse de mentes escolarizadas por un sistema eurocentrista que intenta sustraer de nuestras prácticas la conexión con el origen y que ve los procesos introducidos como caminos a seguir. Afortunadamente en La Rifa, entienden el hacer chocolate como una manera de acercarnos a nosotrxs mismxs, dando un paso hacia nuestro origen.  

La Rifa encontró en las bebidas con base de cacao un producto perfecto tanto para distribuir los frutos de las plantaciones de cacao, como para regresar el cacao a sus raíces. De hecho, el cacao en Abya Yala era preparado en bebida, especialmente por sus propiedades energéticas. Al respecto, en algún momento pensaron ofrecer bebidas tradicionales, como por ejemplo pozol, pero optaron por ser respetuosxs con las tradiciones de los lugares que les dieron origen y no apropiarse de éstas, por lo que las bebidas de La Rifa son especialmente pensadas por el equipo para el contexto en el que se ofrecen.

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La relación con lxs consumidorxs

La Rifa considera necesario y urgente que lxs consumidorxs se enteren del proceso de obtención y elaboración de lo que consumen y entiendan la necesidad de producir y adquirir alimentos responsables con su contexto, por lo que un aspecto fundamental para los modos de trabajo que se practican en La Rifa es la relación con lxs consumidorxs.

Los establecimientos (uno en Plaza Coyoacán y otro en la colonia Juárez, ambos Ciudad de México) y carta de La Rifa fueron pensados para que lxs consumidorxs al momento de visitar la chocolatería conozcan a las personas y a los procesos éticos que hicieron posible la elaboración de sus alimentos y bebidas.  El establecimiento en el local de la Juárez tiene la cocina visible a lxs visitantes para que fácilmente se den cuenta de que en La Rifa el chocolate se hace diariamente desde cero. La planta alta del local está acondicionada para eventos como charlas y presentaciones, y es en este espacio donde Daniel y su equipo dan talleres enfocados en el proceso del chocolate elaborado responsablemente, así como las causas e importancia de hacerlo de esta manera.  

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En su andar, La Rifa se ha encontrado con dificultades para comunicar el aspecto humano de la chocolatería. Muchos clientes se dan cuenta de este compromiso, pero lamentablemente a pesar de los esfuerzos de hacer notar los procesos y rostros de las personas detrás del chocolate, muchas personas (inclusive clientes frecuentes) no se enteran de este compromiso o lo hacen después de mucho tiempo. El aspecto de difusión de las problemáticas sociales y ambientales del chocolate es uno de los más importantes a tener en mente si estamos intentando impulsar un cambio en el consumo consciente de nuestros alimentos y de las formas de trabajo ético.

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El crecimiento y el futuro
La Rifa lleva cinco años de camino, durante el cual ha crecido tanto en espacio como en la cantidad de personas que aportan al proyecto. Actualmente 15 son lxs integrantes del equipo, todxs con diferentes habilidades que aportan perspectivas que hacen seguir creciendo a la chocolatería. Al momento, La Rifa se ha encontrado con otros proyectos chocolateros que también intentan ser responsables con sus formas de trabajo. Daniel nos contó acerca de Central Cacao, espacio en el que se pueden comprar varios productos de cacao de diferentes chocolaterías, así, no hay excusa para no consumir chocolate producido por medio de prácticas responsables que revalorizan la cultura del cacao.

Nos emociona mucho conocer proyectos como La Rifa, espacio con un camino amoroso en el que se redescubre y reaprende algo tan sencillo, pero de gran importancia como lo es el chocolate. Observamos en el equipo de La Rifa un privilegio acertadamente utilizado para el bien en común, pues sus integrantes se han esforzado y se seguirán esforzando en visibilizar la raíz del  cacao, en un proceso de respeto hacia la madre tierra y hacia las personas que la trabajan. Ellxs entienden que es vital que volteemos a ver los procesos que producen lo que comemos y nos cuestionemos las bases éticas de su procedencia. Daniel nos afirma que el futuro está en que todxs recuperemos el conocimiento abandonado del cacao y hagamos chocolate.

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#glosario: obsolescencia programada

Ya no duran como antes. Es una frase popular y seguramente la has dicho alguna vez, ¿no es una ironía que entre más pasa el tiempo, entre más se habla de mejores tecnologías, de eficiencia, de  calidad e innovación esta se haya convertido en una frase común?

─Ya no duran como antes─ decimos día con día─ hoy se me descompone el celular y mañana se me rompe la falda que compré hace cuatro meses, pero no importa porque es barata y puedo comprar otra que además esté más a la moda porque esta ya pasó─

Detrás de esta frase y esta mentalidad resignadas a lo desechable se esconde algo, me refiero a la denominada obsolescencia programada, fruto de  las mentes maestras de las empresas que, aunque se desvivan por negarlo, alteran la calidad de los productos que compramos con el fin de traernos de vuelta a la tienda más pronto de lo que realmente se necesita; precisamente a esto se refiere el término, al acto deliberado de diseñar las cosas para que dejen de funcionar en un periodo determinado y conveniente para las empresas.

La obsolescencia programada se deriva de la forma en que funciona nuestro modelo económico; en él, el flujo acelerado de ventas es la prioridad ─pues claro, así se lucra─ y en este modelo no hay cabida para la durabilidad ¿Cómo se supone que crezca nuestra economía en un mundo donde nadie necesita comprar nada porque tiene las reliquias de la abuelita que aún sirven? No se puede y si no se puede, hay que hacer algo al respecto.

Probablemente estés pensando en los escándalos de móviles ralentizados a propósito por Apple o en las fibras endebles de las cortinas que compraste por internet y que no lucen para nada como en las fotos, pero la resistencia de los materiales y el funcionamiento acortado de los dispositivos son solo un par de ejemplos de los factores víctimas de la obsolescencia programada, existe otra manera de descontinuar los productos y en esta, al comprador no se le descompone nada, simplemente sus cosas pasan de moda, se trata del diseño y las tendencias.

En la actualidad, la misión de los objetos va más allá de cubrir una necesidad, tomemos el ejemplo más evidente, la ropa. Vestirse sin duda es una necesidad, un abrigo me cubre del frío; los zapatos protegen mis pies  de rocas, espinas o animales venenosos que puedan cruzarse en mi camino, pero ¿es una necesidad tener 80 pares de zapatos y 30 abrigos? ¿o renovar mi armario cada 6 meses? ¿cada 4? ¿cada 2? Hoy en día se habla de hasta 20 colecciones al año en la industria textil gracias a la moda rápida, es decir 20 ciclos de obsolescencia bien planeada.

Estas situaciones no solo son una estafa y un burla para el consumidor, sino que además están acabando con el planeta ─¿a quién se le ocurrió que en un mundo de recursos finitos era buena idea explotarlos todos y desecharlos en modos nocivos para casi toda forma de vida en el planeta? Y digo “casi”, porque hay especies que podrían adaptarse y sobrevivir a las condiciones que nos aguardan, aunque los humanos no seamos una de ellas.

En 2014, se estimaba que la humanidad consumía en menos de ocho meses los recursos que la tierra podía ofrecer en todo un año y peor aún, que para 2050 necesitaríamos lo equivalente a tres planetas para mantener el ritmo de consumo que llevamos.

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Foto: La vanguardia

Por si esto no fuera suficiente, nuestra adicción a las compras ha aumentado la cantidad de basura en todo el mundo, porque todo lo que ya no entra en la tendencia actual o que se ha estropeado, se desecha sin pensarlo dos veces, aunque mucho tiene que ver el ultrapensado plan de las compañías que nos ofrecen un producto nuevo a un precio igual o inferior al de una reparación.  Así, hemos terminado hablando de niños de 5 años que gracias a la era digital han contaminado más que un adulto de 60 años o de rellenos sanitarios que desbordan desechos textiles e incluso de países del tercer mundo que se convierten en el basurero de los países industrializados al recibir sus desechos en forma de “donaciones”.

 

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Foto: RTVE

Muchos otros ejemplos se han expuesto en, por ejemplo, el multipremiado documental Comprar, tirar, comprar de RTVE (mismo que recomiendo a todo el que quiera conocer más acerca de este tema).

Aun así, la explotación aumenta, la producción aumenta, los desechos aumentan y los recursos se agotan; la obsolescencia programada está por todos lados y se nos metió hasta la cocina, pues incluso los electrodomésticos viven menos que en tiempos pasados; rige parte de nuestras normas de aceptación social porque nos hemos acostumbrado a definirnos por cuánto compramos y cuánto tenemos y más aún, la defendemos porque es el motor de nuestra economía y por ende, de nuestros trabajos ¿Será entonces que estamos atrapados definitivamente en el tren de la insostenibilidad?, ¿o será que debemos enfocarnos en la transformación de nuestra economía hacia un modelo que contemple la desaceleración de la producción y que apueste por la calidad y durabilidad? Porque sí, ya nada dura como antes, ni siquiera el planeta.