#resonancias: petunia

Petunia comenzó en el 2011 como un proyecto de dos estudiantxs de la UAQ, surgió como una alternativa para tener un ingreso mientras estudiaban la carrera de Diseño Gráfico. Inicialmente rentaron una casa dónde tenían las prendas de ropa y la gente iba en formato de showroom. El proyecto estuvo inactivo por casi 4 años hasta que Sandybel se volvió a encontrar con Samantha. En ese tiempo Sandy había perdido su empleo y Samantha cursaba la carrera de Sociología así que ambas estaban buscando un proyecto que les gustara y que representara una opción laboral viable. 

Pensaron un montón de ideas (como vender ensaladas, cupcakes, etc.) hasta que se decidieron por la que les pareció más viable y motivante: vender ropa de segunda mano. Cómo ya estaba activa la marca de Petunia lo conservaron, adecuándola a las ideas nuevas que tenían ambas.  Se decidieron por ese giro porque a las dos les gusta mucho la ropa. Aunque habían consumido en exceso moda rápida en el pasado al replantear Petunia se encontraban en un momento en el que querían hacer las cosas distinto: querían lograr un proyecto autogestivo con bajo impacto ambiental. Encontrar una manera de aprovechar el trabajo que ya fue realizado y los recursos que fueron empleados.

Inicialmente las prendas que comercializaban provenían de sus propios armarios, ropa que se acumuló durante años de consumo excesivo de moda rápida. Ya que no había más prendas en sus closets para poner en circulación se acercaron con amigas, mamás, tías y abuelas que tenían prendas en buen estado de las cuales estaban dispuestas a desprenderse.

La mayoría de sus prendas se comercializa en un esquema en el cual la persona que vende su ropa le pone un precio por el cual lo comprará Petunia, a esa cantidad Sam y Sandy le añaden cierta cantidad para solventar los gastos del proyecto manteniendo precios accesibles. Esto es clave para ambas, que buscan distanciarse de proyectos que etiquetan sus productos como “vintage” para subir el precio de manera excesiva.

Aparte de comercializar productos accesibles de bajo impacto ambiental, Petunia busca concientizar a las personas acerca de  las implicaciones de consumo de moda rápida. Consideran que el reuso de prendas es una manera de valorar la cadena de producción textil, así como visibilizar y valorar el trabajo que esto implica.

Con respecto a la representación visual de sus productos Samantha y Sandy buscan proyectar imágenes accesibles, que cualquier mujer pueda ser referente. Reflejar aceptación, que se visibilicen todos los tipos de cuerpo, colores de piel, tipos de pelo y formas de ser. No buscan basarse en normas tradicionales de moda, buscan que si algo te gusta te lo pongas y que te sientas bien. Romper cánones de belleza tradicionales, no tienes que ser delgada, alta y blanca.  Por esto retratan a mujeres reales, sin retoques.

En #recrear desde que conocimos el proyecto de Petunia nos dieron ganas de acercarnos más y encontrar maneras de trabajar juntas; comenzamos a mostrar formas de combinar nuestros piezas con prendas de segunda mano. En este mismo sentido es que nos juntamos para compartir con los públicos de ambos proyectos los valores que compartimos.

¡Celebra con nosotrxs el aniversario de Petunia! Nos vemos éste viernes 26 de Abril desde las 19 horas en Gutiérrez Nájera #12c para platicar de moda rápida y formas alternas de consumo.

#colaboradorxs: lulú pérez jacinto

Edad: 28 años
Lugar de nacimiento: San Ildefonso Amealco, Querétaro.
Técnica: bordado de hilván y punto de cruz.

Desde muy pequeña Lulú recuerda ver a su abuela y bisabuela juntas tejiendo diferentes figuras; le daba mucha curiosidad y las observaba. Ellas no se imaginaban que la pequeña Lourdes tenía tanta curiosidad por lo que hacían que a escondidas arrancaba pedacitos de tela de sus playeras, tomaba un poco de hilo y aguja (de las que habían quedado después de que ellas tejían) y corría al patio de atrás de la casa o en el maíz -ya crecidito en tiempos de siembra. Ahí comenzaba a meter hilo y aguja en la tela para hacer diferentes figuritas.

Las primeras figuras que hacía en esos pedacitos de tela no tenían forma definida, ahora recuerda Lourdes riendo. Sin embargo, lo que empezó como un juego, se convirtió en algo que sigue disfrutando, pues está convencida que el tejido da identidad a su comunidad y desea que no se pierda. “La mayoría de las mujeres aprenden desde chiquitas”- comenta Lourdes-. Cuando tenía ya cumplidos siete años su abuelita Eufemia comenzó a  enseñarle, veía en ella muchas gana de aprender -aunque la regañaba por hacerlo a escondidas- logró notar que lo que quería era aprender a bordar. Ahora Lulú (como se dirigen a ella de cariño) se da cuenta que el regaño no era debido a que bordada, sino a que cortaba su ropa y eso le preocupaba a su abuelita.

El día para aprender a bordar llegó. Eufemia le dió un pedacito de cuadrille, hilo rojo con naranja y aguja, le dió instrucciones para que siguiera la línea e hiciera una hilerita de hilván. Lulú siguió las indicaciones y poco a poco formó su primera estrella. Ya que había comenzado no pudo parar y la relleno de hojitas, fue muy fácil para ella, pues después de haber probado tanto en aquellos retazos de playeras sin guía, el cuadrille le pareció una maravilla. Su primer estrella rojo con naranja y rellena de hojitas la conserva su abuelita y aunque Lulú ha tratado de hacer que se la obsequie, responde diciendo que esa servilleta es de ella, pues le tiene mucho cariño.

La estrella en la iconografía hñähñu representa la luz de la noche, Lulú, cuenta que en la comunidad quienes se quedaban a cuidar los animales o las milpas se guiaban con esa luz. En los bordado de hilván tejen estrellas, aves, rombos y con el punto de cruz les da más posibilidad de hacer otros diseños que la gente pide en la actualidad, como flores de noche buena, muñecas, gatitos, entre otras. De algunas ya tienen guía, pero de otras nos cuenta que las va tejiendo con su imaginación.

Lulú al igual que otras mujeres de San Ildefonso viajaba para vender sus servilletas, bolsitas y  cojines bordados a la ciudad de Querétaro. Actualmente ya no lo hace, porque considera que hace más gasto y se expone a muchas dificultades: ya sea desde al cansancio físico, por caminar en las calles cargando su ropa y las cosas que venden, exponiéndose a los diferentes cambios de clima, como al riesgo de que los inspectores les quiten sus cosas o al desprecio de algunas personas  a las que les ofrecen sus cosas.

Después de decidir dejar de trasladarse a Querétaro, ella le comenzó a dar sus servilletas a algunas de las mujeres de su comunidad que se dedican a viajar a la ciudad. Así lo hizo durante un tiempo, pues el bordado le da un ingreso extra que ocupan en gastos de la escuela de sus cuatro hijos. Fue hasta hace un tiempo que en #recrear la conocimos y comenzamos a colaborar con ella. Lulú ha sido un ejemplo para nosotros como proyecto, pues tiene la iniciativa y tiene la disposición de seguir probando con nuevas cosas para salir adelante.

Mojuii bordado en punto de cruz por Lulú modelado por su hija

Además de dedicarse a su familia y al bordado, hace un tiempo se propuso realizar un grupo de personas que tienen hijos con algún tipo de discapacidad, ya que ella es madre adoptiva de un joven que le ha motivado y le ha enseñado a ver la vida de diferente forma. Con sus familiares y vecinos, en este grupo se reunen para compartir sus experiencias y apoyarse en sus dificultades comunes. Situaciones que las unen; en estas reuniones se propusieron buscar recurso para tener más empleos y mayores apoyos no sólo para ellos, sino también para su comunidad. Ha pasado un tiempo de esta iniciativa y desafortunadamente les ha sido complicado solicitar y conseguir su objetivo, pero eso no desanima a Lulú.

También nos cuenta que a partir de que es parte de #recrear y tiene la oportunidad de trabajar desde casa, “es una gran ayuda, considero que es justo, porque saben el esfuerzo que cuesta hacerlo”- nos cuenta. Además le gusta colaborar en #recrear porque cree que es una forma de mostrar y rescatar su cultura; siente alegría al ver la página y ver cómo se re-crea lo que ella hizo en ropa que se puede utilizar.

“A mi me beneficio y quisiera que se pueda ayudar a más. recrear hace que luzca que nuestro bordado se vea como lo que es, Arte. Para nosotros es ganar al mismo tiempo que ustedes, me gusta mucho”. Ella puede ver su trabajo por medio de facebook, le gusta porque considera que se ve muy bonito y se pone muy contenta.

#problemáticas : zonas francas

¿Alguna vez te has preguntado quién ha elaborado tu computadora? ¿Quién ha ensamblado tu teléfono o tus pantalones de mezclilla? No, no es una máquina; aunque no lo creas la manufactura industrial sigue siendo un proceso realizado por seres humanos, aunque se traten de “automatizar” los ritmos de trabajo.  En las industrias maquiladoras las personas pasan a un segundo plano, y los objetivos principales son el rendimiento y la optimización de los recursos productivos. Para poder llevar a cabo producciones masivas a bajo costo, las industrias maquiladoras han fragmentado el ensamblaje en procesos transnacionales (por ejemplo, una parte del producto se hace en Asia y luego se ensambla en Latinoamérica) y han construido nuevos espacios de acumulación capitalista donde se rigen bajo sus propios términos, protegiendo el capital sobre la calidad de condiciones laborales o siquiera del producto.  
Mucho se ha hablado sobre el caso de las industrias en China o el drama de la explotación en barcos en aguas internacionales, sin embargo, estos escenarios se vistan como distantes y ajenos a nuestra vida cotidiana (a pesar de que nuestro celular se haya hecho ahí). Sin embargo, en México contamos con nuestros propios espacios geográficos del capitalismo neoliberal. 
Las zonas francas, también conocidas como EPZ (por sus siglas en inglés) o Zonas de Procesamiento Exportador, son zonas cerradas con puntos de accesos controlados donde se goza de beneficios tributarios (excepción de pagos de derechos de importación, impuestos, etcétera).  
Estas zonas normalmente se establecen con el objetivo de atraer inversiones (normalmente extranjeras) y promover el “desarrollo” económico de la región. En las zonas francas con frecuencia se instalan industrias maquiladoras, plantas procesadoras o almacenes para mercancía en tránsito. De acuerdo con la OIT la industria de la maquila produce artículos de exportación por valor de 5.000 millones de dólares al año, lo que corresponde a más del 30 por ciento del total de exportaciones de México. Las maquiladoras han operado en México desde 1965, pero es hasta con NAFTA en 1994 que se crean más de 1.2 millones de empleos.
La fuerza de trabajo de las Zonas Francas son sobre todo mujeres, aún más frecuentemente en los sectores de confección, en el cual más del 90% son mujeres. Las mujeres empleadas vienen normalmente de pueblos pequeños o áreas rurales. Las maquiladoras normalmente contratan a mujeres para posiciones que no requieren experiencia previa o habilidades específicas, de la misma manera las fábricas consideran a las mujeres empleadas de corto plazo. En las maquilas se disuade a las trabajadoras acerca de la sindicalización, se les amenaza con despidos o con ponerlas en la lista negra.
De acuerdo con Jessica Livingston en su artículo “Asesinatos en Juárez: Género, violencia sexual y línea global de ensamble” las maquiladoras emplean sobre todo mujeres jóvenes, ya que de acuerdo con los empleadores “las mujeres están mejor dotadas para el trabajo de fábrica por su destreza manual y su habilidad para tolerar trabajo tedioso y repetitivo”. 
Las Zonas Francas no son algo extraordinario, son una tendencia actual, global y dominante. Antes de preocuparnos por comprar lo “más barato”, tratemos de pensar en la clase de industria que estamos apoyando. En las maquiladoras no trabajan “máquinas”, sino seres humanos, y aunque no podemos cambiar por completo la estructura del mundo, sí podemos, poco a poco, apoyar otras formas de producción, y advocar por los derechos laborales y una calidad de vida digna.  
Gracias a Carlos Daniel Mo por las ilustraciones.